Y en la cómoda de la vida
guardaba, como gran tesoro,
toda su felicidad proscrita.
Hasta que, yendo a ninguna parte
sin expresión alguna, la pena -
no de mañana, sino del pesar que
provoca hablar de los hombres malos-
acaparó el verde de sus ojos.
Y cansados del olor a mar de su madre
cayeron estrepitosos alrededor de él.
Lo encontró divertido, a la vez que triste.
Y deseó poder trazar círculos redondos
como las pupilas de los que le rodeaban
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