Siervos del tiempo, señores del olvido.

A veces hay que esperar, y esperar, y después de eso… seguir esperando un poco más. Cada vez con menos frecuencia, pero largas esperas al fin y al cabo. Aunque parece que con los años se acortan distancias entre lo que deseamos que ocurra y lo que finalmente ocurre. No es menospreciable aún así el esfuerzo de la espera, no resulta fácil saber qué ocurrirá mientras dura ésta.
A veces desearía que cada persona acudiese con un libro de instrucciones bajo el brazo. Pero en el hospital no es así. Y de repente, cuando crees que por fin has hallado en el dorso de la persona, su punto fuerte, ese de donde tirar, del que sostenerla y mantenerla erguida por lo menos un día más, termina la espera.

Esa persona se marcha, en ocasiones a otros lugares mejores, en otras simplemente a otros lugares. Y se queda una cama vacía, sábanas que cambiar, y al poco llega otra, igual de cansada que la anterior pero más cálida. Y vuelta a empezar. Escrutas el rostro en busca de rasgos que la definan, que te ayuden a hacerla sonreír, reminiscencias de tiempos mejores. Pero todo se reduce a la espera; la espera de lograr encontrar el anclaje que toda persona tiene adherido al cuerpo, invisible a los ojos de los demás pero que tú ves, aún a oscuras, en una habitación sin nombre, en una cama sin dueño, en una vida sin anhelo.
Hay veces que, tras muchos días de espera lo descubres y atas a ese punto un hilo tejido de esperanza y lo aferras a cualquier cosa que tengas a mano, pues sabes que no es fácil sujetar una vida al mundo.

Un día caminaba por el pasillo con las puertas de las habitaciones abiertas, apenas se colaba luz por las escasas ventanas de la planta y me encontré de frente con un hilo invisible soldado al suelo. Seguí su trazado por todo el pasillo y en el extremo contrario una mano lo sostenía. Una mano anciana, tímidamente tiraba de él hacia su cuerpo.
Los ojos verde mar pedían auxilio, la mueca de su cara suplicaba que alguien alargase el hilo hacia ella y yo sólo podía mirarla, contemplar con asombro su valentía y su tesón.

Amalia, que así se llamaba la anciana, estaba en mi hospital por un problema de corazón. Le latía con demasiada levedad, al tomarle el pulso un parco murmullo de venas te hacía saber que Amalia respiraba.
No tenía visitas, nunca. No tenía distracciones, no leía como hacían otros pacientes, no veía la televisión; más adelante me contaría que durante su juventud no había necesitado de la caja tonta para llenar sus horas, y que a estas alturas no iba a desperdiciar su tiempo con ella. Amalia hablaba consigo misma, no se puede decir que hablase sola porque estaba en un perfecto estado de salud mental, pero se contaba cosas, se reía con sus propios recuerdos, y lloraba. La mayor parte del tiempo lloraba, siempre a escondidas, pero los sollozos se colaban por debajo de las puertas y llegaban a mí, intactos, como si ni la distancia ni el ajetreo del hospital lograsen mermarlos.

Sabía que ese llanto me buscaba, estuviese donde estuviese retumbaba en mi cabeza, y yo me estremecía imaginándola sola en su cuarto, ausente del mundo y de la gente, en algún lugar entre sus memorias.
Desde el día que acudí a mitigar sus sollozos no logré separarme de ella. Una extraña atracción me conducía demasiado a menudo a su habitación. Lo hipnótico de sus ojos me cautivaba, lograba hacerme creer que a través de ellos me filtraba en su mente, en sus recuerdos. Me narraba historias de su juventud. En aquellos meses me pareció estar viviendo los días de la república, de la dictadura; días de huida y evasión. De libros prohibidos, de tardes tejidas con banderas, de mañanas de café en la Gran vía, de noches de alcohol y cigarrillos de tabaco negro.
Cada día veía en el tapiz mar de sus pupilas un recuerdo hermoso que se mantenía intacto en su cabeza y que lograba, sigiloso, ahondar en la mía. Me acostumbré de tal modo a su voz, que aún hoy, recuerdo su cadencia y mis pensamientos cobran su ritmo y sonido.

Me habló de José Ramón, su compañero por aquella época. Me dibujaba con palabras escenas de amor y ebriedad juvenil. No solían salir mucho a la calle, pues José Ramón tenía ciertas causas pendientes con la justicia de entonces. Y pasaban las tardes hablando de tiempos anteriores al que les había tocado vivir y que, por supuesto, como todo recuerdo, se manifestaban grandiosos y resplandecientes de esperanzas y sueños.
José Ramón pertenecía al partido Comunista, y vivía en un pequeño apartamento (aunque, por descontado, en aquel entonces no se le llamaba así) en la calle Relatores, cerca de Tirso de Molina. En un edificio bastante destartalado, cuya fachada recordaba la cara de un mendigo, ajada, oscurecida por el sol y maltratada por el tiempo. El interior no era menos sombrío que lo que auguraba su portal; los escalones de madera vieja se quejaban a cada paso por la carcoma y la humedad. José Ramón vivía en el último piso y su zaguán albergaba una puerta señorial, que al abrirla, su propio peso la hacía ladearse a la derecha.
En apenas dos habitaciones comunicadas por un doble pórtico y forradas de un horrible papel verde moho –Amalia siempre se reía al recordar esta circunstancia- José Ramón almacenaba todo lo necesario para sobrevivir. Una cama vieja que rechinaba al mínimo roce, un sillón destripado de un color muy similar al de las paredes, una alfombra que tapaba las baldosas rotas y un enorme armario que acogía libros de tapas hastiadas y repletas de polvo; eran los únicos muebles que ofrecían una aparente sensación de hogar.
Sobre la cama un cartel de Lenin en grana y negro, presidía lo que durante muchos días fue el refugio de ambos. En esa habitación, plagada de ventanas pero sombría a pesar de ello, pues la mayoría tenían las persianas rotas, Amalia y José Ramón devoraban horas de lectura y charla.

Cuando Amalia me relataba todas estas historias yo me sentía en ese cuarto, escondida tras la puerta observándolos secretamente, y los veía sentados sobre la alfombra, pasándose un cigarrillo mientras comentaban cómo iban a fugarse a París, a vivir de la pintura de él. Porque José Ramón pintaba. Y yo además, pude comprobarlo.

Un día, Amalia me señaló el armario de la habitación, y al abrirlo vi una maleta. Me dijo que la abriera. Dentro, además de algo de ropa y utensilios de aseo, había una carpeta. Para mi asombro, aquella carpeta contenía todo lo que Amalia me había mostrado con la voz.

Un pequeño dibujo a carboncillo de ella, muchos años atrás desde luego, pero casi intacto, la presentaba joven, ágil y tersa, junto a una ventana, desnuda y paciente. José Ramón había tardado nada menos que tres semanas en dibujarla.
Me contó que había hecho muchos dibujos iguales y que ninguno le convencía, decía que no era capaz, por primera vez en su vida de dibujar lo que veía, porque Amalia era, por entonces y para él, más que una mujer junto a una ventana. Finalmente, lo que yo sostenía ahora entre mis dedos era el resultado último de tamaño esfuerzo.

Las cosas no terminaron como esperaban, no pisaron París, por lo menos no juntos. Amalia sí, pero en el 65, cuando le ofrecieron la cátedra de Historia en la Universidad. Topó allí con los acontecimientos de Mayo del 68, de los que fue firme defensora. A pesar de sus 51 años, corrió por las calles de la capital francesa del mismo modo que lo había hecho en Madrid durante la república, con 34 años más pero con idéntico vigor y énfasis.
También había constancia de ello en la carpeta. Una fotografía en un periódico francés la mostraba al frente de una de las manifestaciones, acompañada por la mayor parte de sus alumnos y a hombros de uno de ellos, portando una bandera Vietnamita bajo la que se cobijaban gritos unánimes de exaltación y rabia.

Y ahora yo, la veía despojada de fuerzas y languidecida sobre esa cama de hierro, pintado de blanco para atenuar su frialdad. Pero sus palabras sonaban igual de rotundas que por entonces. El convencimiento no había cedido con el paso del tiempo, y la joven subversiva de antaño asomaba por las cuencas de sus ojos.


Entre otros papeles, un recibo de 1938 en el que constaba el pago de 40 pesetas por un vestido hecho a medida. Un vestido carmesí con un encaje negro en el bajo de la falda.
Junto al recibo, un retal de tela que alcé hasta la vista de Amalia a modo de interrogación. Un simple pedazo de tela que causó un daño a la anciana mayor que las inyecciones y curas que le procuraba a diario, mayor que todos los golpes que había recibido en las manifestaciones, mayor incluso que el dolor físico más absoluto.
Se leía en su rostro la rotura de algo interno, el crujir de los recuerdos en su pecho. A borbotones se escapaban líquidas entre sus párpados las memorias, los recuerdos. Amalia lloraba ahora frente a mí, por primera vez desde que había entrado yo en su vida, por primera vez ante mi mirada, y por primera vez su llanto no tuvo que filtrarse por debajo de la puerta en mi busca.

No hay nada más triste que ver llorar a un anciana, que saber que siente impotencia hacia el mundo, que su entorno la despide aún antes de ella haber decidido irse, y la anciana suplica con su mirada no ser olvidada, suplica respeto y perdón, gime en una cama blanca relegada y confusa, como una niña que ya no sabe a que aferrarse.
El motivo de sus lágrimas, un recuerdo que creía sepultado entre años de vivencias, bajo la imagen de los ojos de José Ramón mirándola al pintar su figura, bajo el olor a almidón de las sábanas de la calle Relatores. Un recuerdo que yo, sin saberlo, había evocado al mostrarle el retal de su traje. No quedaba más de él que ese pedacito inerte de tela carmesí, nada más de su vestido que lo que yo sostenía confusa en las manos, sólo ese retal y un recuerdo punzante a él adherido.

Amalia quiso explicarme. Balbuceó entre suspiros antes de mencionar la calle de Atocha. Allí, el día que estrenaba el vestido carmesí vio un coche de policía aparcado en la esquina de Atocha con Relatores. Con apenas veintiún años, sabía que lo más probable es que José Ramón no llegase a verle puesto el vestido, la inocencia de sus preguntas, repetidas incesantemente durante años, me contaba; no conquistó la compasión de ningún agente allí emplazado. Subió de dos en dos las escaleras, hasta el último piso, y encontró la señorial puerta finalmente vencida a la derecha.
Dentro, cuatro policías de uniforme, estaban destripando el sillón verde, arrancando las sábanas blancas del colchón, volcando el enorme armario lleno de libros insurrectos y, la imagen que con más detalle relató, uno de ellos la miró a los ojos desde un lado de la cama y con una sonrisa hiriente dijo en voz alta: Este ya no volverá a veros follar nunca más. Y seguidamente arrancó de un tirón seco el cartel de Lenin de la pared (verde moho).
Amalia, que seguía junto al marco de la puerta, en un primer instante notó flaquear las piernas y sintió cómo iba a desplomarse de impotencia sobre el suelo del rellano. Pero antes de que el policía pudiese hacer estallar la carcajada que inminente asomaba entre sus dientes, Amalia sacó fuerzas de flaqueza y, entre el calor de un aullido de rabia nacido de su garganta, corrió hacía el policía, puño en alto. A éste le cambió la expresión por completo, y la mueca mordaz del instante anterior se convirtió en desconcierto. La había visto tan joven y abatida, agarrada al marco de la entrada, que no esperaba tal reacción.
A Amalia sólo le dio tiempo a morder el brazo del guardia, antes de que los otros tres se abalanzasen sobre ella. Se retorció, gritó, aulló mientras ellos, incapaces de medir su fuerza sobre un cuerpo tan frágil, le arrebataron la consciencia a golpes.
Y la dejaron allí, derrocada, sobre el suelo de baldosas rotas, sin sentido, con el vestido despedazado sobre su cuerpo amoratado hasta la amargura.
Pasaron varias horas hasta que la vecina la incorporó aún desubicada y confusa, la tapó con una de las sábanas blancas (que conservaban el olor de José Ramón de la noche anterior) y la llevó a su casa para curarle una brecha en el muslo. La mujer tiró el vestido rasgado, pero antes, Amalia desgarró el trozo de tela que aún conservaba.

Amalia, la Amalia de hoy, me pidió que me levantara. Lo hice, y levanté la sábana de la cama de hospital (esa no olía a nada, más que a desinfectante) y en su rodilla derecha, como un río que surca una ciudad de arrugas, se veía con claridad la cicatriz que la había acompañado desde hacía sesenta y ocho años.
El llanto había cesado, pero su rastro habitó la mirada de Amalia durante días.

Le pedí a Amalia el dibujo a carboncillo para fotocopiarlo y conservarlo. Se lo devolvería al día siguiente. Me lo llevé a casa, y en el trayecto en metro no cesé de contemplarlo.

De José Ramón no volvió a saber nada desde entonces. Supuso que lo encarcelarían en algún lugar recóndito del país. Lo buscó durante años, recurrió a antiguos contactos del Partido, a familiares, a amigos, a cualquiera que pudiese saber donde se encontraba. Pero parecía que todos ellos lo habían dado por muerto muchos más años atrás, le habían olvidado hacía mucho tiempo. Tal era la oscuridad del olvido de quienes le habían rodeado y el tiempo que había transcurrido que Amalia creyó, que quizá nunca había existido, que sólo se trataba de un vago recuerdo enaltecido por los años.
Fue entonces cuando se fue a Francia. Allí conoció al que fue su marido durante 35 años. Jamás le habló de José Ramón. Ella nunca más habló de José Ramón. Se limitaba a contemplar a escondidas el dibujo y recordar algunas cosas de aquellos años, otras las cubría con caricias de su marido. No tuvo hijos, la paliza que le asestaron los policías le había arrebatado muchas cosas, entre ellas la virtud de ser madre.
Su marido había muerto hacía varios años, y ella decidió volver a Madrid, pues en Francia no le quedaba ya nada. Llevaba seis años en España, y dos de ellos en una residencia de ancianos de las afueras. Quería estar en la ciudad que la había visto nacer cuando el tiempo ganase su batalla. Y ahora la tenía yo entre mis pacientes, bajo mis cuidados y sobretodo, dentro de mi mente.

Antes de llegar a casa, paré en una antigua librería cercana que ahora se había convertido, casi exclusivamente, en copistería. Al entrar aún olía a papel añejo y polvo. Salió a atenderme un hombre mayor con las gafas pendiendo de una nariz grande y arrugada. Por mi trabajo estaba acostumbrada a tratar con personas de avanzada edad, y como el hombre debía de haberse pasado la mayor parte de la tarde solo, en apenas unos segundos entablamos una grata conversación.
Le dije que había ido ha hacer una fotocopia y entonces su rostro mostró una sonrisa de complicidad de la que derivó una disculpa porque su hijo no estaba y él no sabía manejar las endiabladas máquinas de copia, como solía llamarlas. Me dijo que lo suyo era vender libros, pero que en los tiempos que corrían ya no se podía vivir de eso. La gente ya no apreciaba a los clásicos y éstos habían quedado relegados a estanterías de trastiendas como la suya. Estuvimos un rato hablando sobre autores y novelas. Y finalmente, el hombre, un poco avergonzado por no poder prestarme la ayuda que yo solicitaba, me preguntó si era muy urgente la copia que necesitaba.
Yo saqué el dibujo de una carpeta que llevaba en el bolso y se lo mostré. Antes de poder explicarle el motivo de la premura (pues debía dárselo a Amalia al día siguiente) él, con los ojos iluminados dijo: ¿Es un original?
-Sí- contesté. - ¿Porqué le parece tan sorprendente?- El hombre no pudo contener la cara de incredulidad. – ¿Cómo ha conseguido un original de José Ramón Peñalver? Yo creía que en la exposición no había nada a la venta- fue lo único que entendí de su murmullo.
Ahora era yo la incrédula. –Perdón ¿en qué exposición?- pregunté.
-No es un autor muy conocido, y sus obras están infravaloradas. Pero a mí me transmite mucho. Esta mujer del dibujo, que es recurrente en toda su obra, me expresa cercanía, es casi como si la conociese…¿No le parece?- murmuraba.
-Perdón ¿en qué exposición?- volví a preguntar.
Alzó la vista del papel -Dos calles más arriba, en el número 78, en una pequeña sala de exposiciones. Hay una muestra de José Ramón Peñalver.-continuó.- Si se da prisa puede que incluso le encuentre por allí. Ya está muy mayor, pero, según he leído, no le gusta nada dejar los cuadros solos, y se pasa muchas horas sentado en la sala observando un óleo de esta mujer. Uno muy parecido al del dibujo que usted ha traído- terminó.
Mis ojos se posaron en los del librero, por varios segundos, él me sostenía la mirada.
José Ramón estaba en Madrid, y seguía vivo. Me despedí del hombre con un simple adiós y le arrebate el retrato de las manos. Supongo que entendió mi brusquedad, porque, antes de salir corriendo por la puerta, me dedicó una franca sonrisa.

Vi el cartel sobre la puerta. Su nombre y el título de la exposición: José Ramón Peñalver. Ojos Verde Mar. Entré y el primer cuadro que vi fue un enorme lienzo que mostraba una mujer desnuda sobre una cama con sábanas de un blanco inmaculado. No se le veía el rostro pero era Amalia, estaba convencida de ello; la estancia, en él representada, me resultaba muy familiar, era la habitación de la calle Relatores que Amalia me había descrito unas semanas antes y dónde había morado mi imaginación desde que ella empezó a narrarme sus recuerdos.
Antes de poder adentrarme en la sala un vigilante se me acercó y me dijo que iban a cerrar. Asentí con la cabeza de manera automática, casi sin haberle escuchado. Pero adiviné, en su tono y en la posterior mirada escrutadora que me acechaba al girarme hacia él, que no podía quedarme. Pregunté por el autor, y el vigilante me dijo que hacía poco rato que se había marchado, lo había ido a recoger su enfermera en coche. Pero me aseguró que, si tanto interés tenía en conocerlo, mañana a primera hora iba a estar allí, como todos los días desde que se inauguró la exposición.
No podía esperar al día siguiente para contarle a Amalia mi hallazgo. Aún no le había visto, pero sabía que estaba vivo, en la ciudad y con Amalia perennemente en su pensamiento. Hice el trayecto inverso al que había hecho apenas media hora antes, volvía al hospital.
Estaba muy contenta, la emoción de mi descubrimiento me hacía recorrer el hospital a una velocidad mayor de la normal. Pero entonces dudé. Amalia era ya muy mayor, una noticia de tal calibre podía causarle una gran conmoción, y no sabía como empezar a contársela. No sabía cómo iba a reaccionar ella, habían pasado muchos años y muchas cosas y quizá su afán por recuperar a José Ramón había disminuido con el tiempo.
Aún así, decidí que debía saberlo. Lo decidí justo frente a su puerta, antes de abrirla. Se lo contaría despacio, sin sobresaltos y esperanzada de que eso pudiese resultar el firme hilo que atase a Amalia de nuevo a la vida.

Al entrar al cuarto el viento vapuleaba la cortina de la habitación que, resignada, consentía sus embestidas. Amalia no estaba en su cama. Las sábanas revueltas me hicieron pensar en la imagen que minutos antes había visto en la sala de exposiciones: una cama con sábanas de un blanco puro como las de la pintura, pero, esta vez, sin su anfitriona.

Bajé la vista y vi su hilo, desparramado en el suelo, arrancado en su extremo del invisible anclaje del cuerpo de Amalia. Lo comprendí todo entonces, la espera. Los días anteriores eran mi redundante espera. Las historias, velos que cubrían la realidad del tiempo presente y Amalia, todo ese tiempo un triste cadáver insepulto, una anciana con un maravilloso pasado, pero cuyo hilo, debilitado por el tiempo en el hospital, no resistió la embestida del recordar una triste anécdota nacida de un pedazo de tela carmesí.

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