Después del desastre, cada edificio en pie resultaba grotesco a los ojos de los anónimos transeúntes que los esquivaban. Y los plastificados árboles no eran verdes, porque el color ofendía a las víctimas. Y él paseaba su libreta de papel por los rincones, y era testigo de cada fugaz amor de niebla y Metro. Se camuflaba en la ciudad entre cada tú y cada yo, y veía pasar el tiempo con la mirada cercenada. Era una ciudad de silencios y espuma de mar, y sus habitantes eran 90% agua de río. Pero él pertenecía al mundo antiguo, a ese que todos enterraron en las fosas comunes de recuerdos. A un mundo de rayos de sol por las mañanas, donde el deseo no era mentira. Y por ello no hablaba con nadie, por que el resto notaría en sus labios el temor a ser descubierto. Y lo anotaba todo en su libreta gastada, para que al terminar sus días, ese mundo de barro marrón supiera que en la infértil arena de sus orillas había crecido una flor, en forma de chaval de veinte años.
Él andaba zarandeando su chaqueta marrón inundada de bolsillos por aquella ciudad sin tiempo, donde las palabras pesaban quintales, y las miradas se esquivaban con lágrimas secas. Todo lo que rodeaba al muchacho era frío, y cuando andaba sobre la nieve ennegrecida por pisadas oxidadas le nacían poesías de entre las manos. Sus ojos negros reclamaban un destello de vida, que nunca llegaría. Y dibujaba agujeros a modo de rascacielos blancos. Con el tiempo en los bolsillos de pana tropezaba con los transeúntes embobados en el cielo, que ese día era azul, como el agua de los ríos que se secaban entre la muchedumbre. Cada paso que trazaba dentro de sus zapatos negros le acercaba a casa. Y muchas veces se preguntaba qué haría falta para desahuciar la pena que le embargaba. Sacaba el bolígrafo de vez en cuando para anotar pensamientos, que al llegar a casa olvidaría al ser testigo de su propia huída.
Cómo perder el tiempo en vivir, si en apenas unas horas, los suspiros le dejarían sin aire. No era cobarde, pero sí precavido. No era egoísta, pero sí independiente. Y lo que jamás podría tolerar era la rabia. Si él no tenía motivos para enfadarse, ¿Quién los tendría? Lo que soportaba a diario sobre sus hombros era el desdén, la resignación y el incierto futuro.
Con los pies en rama, una noche de verano, entre las paredes de una habitación amarillenta y supurante, concluyó que su vida sería en balde si no encontraba en ese mundo vacío a alguien con quien volver a hablar de mariposas.
Algo corroía las venas del chico, que palpitaban estrepitosas bajo su blanca tez. No podía evitar que el sol hiriese el delicado lienzo de su cuerpo, pero aún así acaparaba todos los rayos que el astro emitía resignado para los ciudadanos anónimos que bailaban al compás de sirenas y pitidos alrededor de él. Nunca había salido de los muros de aire que contenían la insulsa vida de esa ciudad cansada y vieja, como los rostros de quienes la habitaban. Esa inmensa isla de rascacielos derruidos en medio de la arena infinita, se dibujaba en el vasto imperio como la cara de un vagabundo: áspera, corroída y surcada por arrugas de vejez que se convertían en calles hundidas de miseria.
Al febril y espigado chico apenas le quedaba vida en la mirada, y menos restaba en su alma y corazón. La escasa luz de esperanza que vertía su verde y esquiva mirada, se derramaba en cada parpadeo. Y en los días en que el viento soplaba con fuerza desmedida se llevaba consigo su angustia, y la esparcía por los rincones y esquinas de aquella isla de asfalto que día tras día ahondaba sus raíces en sus sienes y asfixiaba de sus ojos los recuerdos.
Con esfuerzo lograba salvar los recuerdos más insondables, recordaba que no hacía mucho tiempo peregrinó femeninas orillas con sus manos. Y después de vaciar su cuerpo de agua, entre besos y lágrimas, se derramaba en la luz de días infinitos. Y rogaba al cielo que se llevase su voz para que no pudiese dolerle pronunciar su nombre. En su saturada libreta recogía retazos de aquellos días en los que si fuese luz hubiese amanecido con ella. Y la pena acaparaba el verde de sus ojos, impasible y voraz como el tiempo desperdiciado en recordar, que le robaba momentos de olvido.
Ella le recordaba en algún rincón oscuro de la ciudad, recordaba el olor a camino andado de sus ropas, pero ya no era más que el recuerdo de dos cuerpos distantes por el tiempo y las palabras, por monstruos hechos de palabras. Palabras que sonaban huecas al abandonar su lengua hinchada de caricias. En ese rincón oscuro, escondido e impreciso, entre el techo y el fin del mundo, ella pensaba en él. Ella, con quien había hablado de mariposas unidas al cielo por hilos de terciopelo que las empujan a volar. En ese rincón donde las almas se convertían en colmenas, le escribía letras precoces, y le deseaba, como quien se ve engullido por esa pasión que prolonga el infinito. Ella, sabía que se pudría por dentro a causa de las heridas provocadas por sus propias garras; era consciente del mal causado, del tiempo robado en los andenes y de las mañanas de niebla que escondían atroces verdades. Ahora vendía sus caricias al mejor postor, pero su cuerpo ya no era tan suyo como cuando era de él. Y él no perecía porque su alma volaba al recordar las delicias de piel de argento, los susurros cómplices de noches teñidas de tiempo, de sueños que crecían enarbolados a su cuello y caricias ambiciosas de piel y sal.
A ella se le asfixió el olor de tanto recordarlo y, desteñidas por el mar de los lamentos, convirtió en mentiras las palabras que escribía. Su recuerdo era amargo, ácido y mordaz como los besos que le daba aquellos días. Había cambiado de aires, le soplaba al viento y convertía en jadeos los pasos que la conducían al abismo. Ambos volaban libremente en sus reducidos círculos y a ella la tierra la sostenía firme, aún de pie, frente al espejo de sus crueldades. Él, por el contrario había aprendido, como el mar, a seguir oleando sin tegua, flotando a la deriva amarrado a su libreta marrón. El mundo menguaba bajo sus pies y él, como los peces, sólo usaba las agallas para poder sobrevivir. Y ya no quería recordar el agua fría en cubos de palabras suyas.
Los pesares de un cuerpo dolorido de caricias hacían mella en el rostro de la mujer que al lado de él, ladeó el alma con el viento del oeste, y hundida en su oscuro rincón sentía como las olas, cansadas de tanto agua, desertaban en su conciencia.