Viaje a las Salinas

Estoy a merced del pacto
entre el lodo y el cielo.

Se quedarán sin aire los galeones
cuando atraquen en tierra yerma
los ladrones, que una vez me pidieron
el Sol, sin ser luz
ni ser fuego.

Recuento de penitencia

Una canción de fondo
Dos llamadas fortuitas
Tres bocas sin destino fijo
Cuatro noches empleadas
Cinco minutos por venir
Seis copas en la garganta
Siete canciones de fondo
Ocho de la mañana, hora española.

El Arte de Perder

En la torre de marfil de mi cama
los golpes no suenan, no duelen.
Como agujas indelebles del ruido,
los gemidos suplen al desamparo.

Arañan como dientes mi desnudez,
y permiten que almacene el dolor
de todos mis anzuelos fríos, que
me agrietan por dentro sin saberlo.

Y al final de los días, cada noche
el eco de las risas que me acechan
se cobija en mi regazo, protegido
por las misma sábanas que mi fe.

A lo mejor, no tenemos tantos lujos...

Todo lo que fui, y todo lo que busco.
Eran más de cien los jinetes del Apocalipsis,
y a pesar de ello me siento sólo, sin cigarros
ni razones.

Volver

Se acercó a la silla e hizo ademán de sentarse justo cuando anochecía por la ventana del fondo de la cocina. Nunca una puesta de sol le había emocionado de esa forma. Tanto como a las manzanas del frutero, que perdían el color a medida que el sol sucumbía al horizonte.
Terminaba su primera juventud con el cigarrillo a medias y la cabeza llena de pensamientos confusos por el color de aquel atardecer y todo lo que él conllevaba.
A la mañana siguiente el Sol no sería el mismo que el de ese Madrid que le había enseñada a creer que podía conquistar el mundo en un minuto. Y lo peor de todo es que no dejaba nada atrás, mas que las ganas de recuperar el tiempo perdido.
Cuando amaneciese en su nueva vida a bordo de un tren colonizado por desconocidos, que le recordaba a las aulas de su universidad el primer día del primer curso de su primera juventud, nunca volvería a tener la posibilidad de recuperar el tiempo desperdiciado en “hasta luegos” y otras memeces.

Pero la nueva ciudad traía pegado a su olor el deseo y la sal tenue de una mezcla de agua dulce y amarga – como sus recuerdos-.
Se cargó la maleta al hombro, como quien aúpa a un hijo una tarde de domingo viendo en él el futuro; y nada más poner un pie en la estación vació la bolsa de libros sobre un pañuelo ajado y colgó el cartel: “ Libros a 1 Euro”.

Después de ver pasar a infinidad de viajeros emocionados por su llegada a la ciudad, se dio cuenta de que el Sol se ponía de nuevo, y él seguía con los bolsillos vacíos, sin un lugar donde dormir y perdiendo el tiempo tratando de conquistar el mundo con su prosa.

-Por no haber, ya no había ni manzanas-.