En la torre de marfil de mi cama
los golpes no suenan, no duelen.
Como agujas indelebles del ruido,
los gemidos suplen al desamparo.
Arañan como dientes mi desnudez,
y permiten que almacene el dolor
de todos mis anzuelos fríos, que
me agrietan por dentro sin saberlo.
Y al final de los días, cada noche
el eco de las risas que me acechan
se cobija en mi regazo, protegido
por las misma sábanas que mi fe.
2 comentarios:
Muy bello.
Ya no se más.
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