El Arte de Perder

En la torre de marfil de mi cama
los golpes no suenan, no duelen.
Como agujas indelebles del ruido,
los gemidos suplen al desamparo.

Arañan como dientes mi desnudez,
y permiten que almacene el dolor
de todos mis anzuelos fríos, que
me agrietan por dentro sin saberlo.

Y al final de los días, cada noche
el eco de las risas que me acechan
se cobija en mi regazo, protegido
por las misma sábanas que mi fe.