Puntual y fiel. No tan cabal.

Peregrinas mis orillas
con tus manos. Después
duermes. De repente
tus pies rozan los míos,
palpo: dos pies,
cuatro pies; exacto.

Las otras Valquirias

Capitaneaste la huida, amazona,
bajo el sombrero rojo de coraje
asiendo a grandes saltos la memoria,
espuela de una desconocida.

Brava la fiera duda cabalgaste
señalando con el dedo al miedo.
Predecías embestidas que llegaron,
gobernaste con cordura las riendas.

La arena te domesticaba a ratos
el viento te escocía entre las manos.
Quisieron arrancarte la montura
en algún lugar remoto, en algún lugar de paso.

Y en tu empeño de alcanzar
el horizonte, con sonrisa ufana,
no dejaste huella sobre piedra.
Te quedaste en medio de la nada.

Carta a los Reyes Magos (aka "Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy")

A sus Majestades de Oriente,

Este año sólo pido que las cosas salgan bien. No tener que preguntarle a la vida por qué ha elegido ese camino. Que cada día algo me recuerde las cosas buenas que existen. Y, sobre todo, seguir queriendo aprender a pedir un abrazo.

Con cariño,
María

Eureka

Somos todas esas historias bonitas que nos imaginamos, nocturnas y callejeras. Somos esas tardes tontas de risas y césped. Las llaves de lata y chino. Las miradas en el metro, la compasión que arrancamos a los extraños. Y, sobretodo, somos la vida que vivimos. Cabalgada de deseo en deseo, a pasos largos y jadeantes. Somos la carne en el asador y el cigarrillo del café. Y las mañanas de trabajo y las de cama.
Somos nosotros en los vuelos nacionales, y cuando pasamos la aspiradora. Somos el sabor de las cosas, las notas de un piano. A veces, si hay suerte, sus teclas. Somos alegría y pan, el rojo en los semáforos y en las medias. Somos todas las niñas que llevan coletas. Somos dinero e idiomas, trozos de papel en el suelo de clase. Somos un cuadro al óleo, un perfume que usan millones de personas. La papeleta electoral,y las demás papeletas. Somos las nueces que añadimos a la ensalada. Somos una elección y muchas obligaciones. Somos el nombre de nuestra mascota, esa imagen de nuestro futuro que nos oprime. Somos el pijama que usamos y la música que reproduce el ordenador. Somos calor y zumo de piña en domingo. Somos nuestros abuelos. Somos un poemario al gusto. Todas las cosas que escribimos en las cartas a los Reyes Magos. Somos pasión, el ombligo y otras cicatrices. Somos nuestros errores. La frase que usamos para ligar, pespuntes y pintalabios. Somos expectativas hiladas por memorias.

Somos todas las cosas que he olvidado escribir.

Tú nunca has sido mujer esperando el metro de madrugada

Siempre se te puede ir el Santo al Cielo,
o el Pecador al Horizonte.

Ejercicio de conciencia.

Tengo cierta sensación de ser apátrida, y no me importa.
Mis padres me producen respeto y admiración a partes iguales.
En muchas ocasiones me cuesta escuchar pero no se me nota.
El dolor físico es primero siempre emocional y viceversa.
Mis fallos de memoria a veces son consecuencia de falta de interés y eso me preocupa.
Considero que la inteligencia no está siempre en los libros.
Adoro dormir, sobretodo por la mañana, antes de empezar a pensar.
Me cuesta tomar partido en cualquier situación o discusión.
Pienso mucho en cómo hacer las cosas y termino por no hacer nada.
Aprendo de mis errores más que de mis aciertos pero prefiero los segundos.
Reconozco cuando he perdido la razón en mis argumentos.
Prefiero las cosas eficaces a las perfectas.
El cielo y el infierno, a día de hoy, no me preocupan .
Me resulta muy fácil ponerme racionalmente en el lugar del otro, pero no emocionalmente.
Puedo renegar públicamente de una idea si eso hace feliz a alguien a quien quiero.
Cuando tengo razón soy capaz de callarme pero no cambiaré de opinión.
Construyo mentiras para mi misma y me las creo, sin necesidad de que nadie intervenga.
Diferencio bien lo correcto de lo incorrecto, pero no siempre hago lo primero.
Me puede la pereza, más de lo que me gusta reconocer.
Me evado facilmente de las cosas que me disgustan o quiero superar.
Me gustaría creer a pies juntillas la afirmación anterior.

Creo que gritar nunca ha hecho más sensato a nadie.
El llanto a veces traiciona a quien llora y otras a quien sufre por ver llorar.
La vida siempre me ha parecido una cuestión de prioridades.
No es fácil definir esas prioridades cuando quieres mucho.
He querido irme para no volver, y siempre me han gustado los reencuentros.
Hoy sé que no todo es lo que parece, ni todo lo que parece es.
Guardar las formas es muy importante para todo en la vida.
Sé donde están mis puntos débiles anímicos y por ello puedo evitarlos habitualmente.
Vivo en función de mis posibilidades, a diversos niveles.
Tengo muy muy claro de donde vengo y serias dudas sobre a donde voy.
Sé que no tengo que decidir ahora mi rumbo, pero sería un adelanto.
Pospongo pensamientos que me preocupan esperando a que se resuelvan solos.
Hasta el dia de hoy, no me ha ido mal (en los mismos "diversos niveles").
Confío demasiado en la conjunción de la suerte y mi capacidad.
Creo que manejo los hilos de cosas que a lo mejor escapan a mi comprensión.
Nadie se libra de sentirse superado por las circunstancias, pero lo he aprendido tarde.
Soy bastante cobarde (no releeré esta linea para no caer en la tentación de borrarla).
Prefiero no contar con nadie a necesitar contar con muchos.
Me cuesta muchísimo perder el control, pero si lo pierdo me cuesta aún más recuperarlo.
Me resulta muy fácil pedir perdón, a veces demasiado.
Para mi pensar y reflexionar no es lo mismo.
Me considero una persona de carácter amable pero no cercano.
No me molestan detalles que a otras personas indignan sobremanera.
Por cómo me consideran los demás no me preocupa cómo me consideren.
Cuando alguien no me cae bien no tiene ningún motivo para ser mi tema de conversación.
Sólo pido permiso cuando sé que me lo van a dar.
Sempre me han enseñado que la envidia sana no existe y por ello procuro no sentirla.
A veces busco motivos para sentirme triste, y lo triste es que los encuentro.
La tristeza nunca aporta nada, de la melancolía sí he aprendido.
En ocasiones hablo demasiado para evitar hablar de más.
No considero el silencio una derrota o una renuncia.
Creo en mis virtudes, sobretodo en la de ser consciente de mis defectos.
Las personas no pueden decepcionarte si no tienes expectativas sobre ellas.
Nunca he hecho las cosas con mala fe pero, al cabo del tiempo, entiendo que algunas aparenten lo contrario.
Preferiría que la gente pudiese leer mi pensamiento en lugar de ser yo quien se lo leyera a ellos.
Creo firmemente en mis capacidades pero prefiero no ponerlas a prueba.
Puedo ser transparente sabiendo que no lo estoy siendo.
Soy muy vaga para actuar pero nunca para relfexionar.
Me gustaría conocerme mejor para saber con que armas cuento para afrontar el futuro.

Quiero abrazar con el corazón a las personas de mi entorno que lo están pasando mal.

Lisboa

Foto: Alberto Mora Royuela

Me gusta Lisboa porque cada calle es un recuerdo de hoy.

Me gusta Lisboa porque su arena de playa hiere el alma.
Y por el ciprés que baila frente a mi balcón.

Porque las lágrimas tienen una explicación, y las explicaciones se resumen en un "porqué sí".

Me gusta Lisboa porque una canción cambia la noche, y una noche cambia Lisboa.

Porque tiende puentes, y los monumentos miran al cielo. Porque tiene acantilados y cumbres. Porque el Sol elige ponerse en su horizonte.

Me gusta Lisboa porque sus aceras están clavadas al suelo. (Que yo lo he visto). Porque no hay altura en sus calles, cada una sube lo que debe. Porque le puedes pedir más, si lo deseas.


Me gusta Lisboa porque sus vistas te la muestran, porque sus gentes te la cantan.

Me gusta Lisboa porque su aire olía a mar y a esperanza, y en ella sueñas.

Porque el futuro se diluye, porque el pasado se presenta... tan pasado...

Me gusta Lisboa por su fiebre, por su fado, por su risa y, sobretodo, por su llanto de fachadas desconchadas.

Porque el tranvía siempre te lleva donde debe, a pesar de todo. Porque caminar significa descubrir.

Porque el Sol no te dice que te debes acostar. Y la Luna te incita a probar la marea.


Porque no la volveré a ver con los mismos ojos, ni ella podrá - o querrá- verme a mi.


Porque, después de muchas noches, hoy me da una tregua para escribir.

(a) Medias

Se enfada con el fondo de los vasos
enfundada en medias y coartadas,
en penas baratas de nicotina,
porque el tiempo pasa por sus pasos.

Se desviste con los dedos del placer
conmovida por palabras y recibos,
por camisas planchadas con anillos:
Porque a esa hora no tiene más que hacer.

De personalidad adictiva su mirada,
se enfada con el fondo de los vasos.
Ahogando la certeza de que hace tiempo
la vida dijo gracias por venir.

Una buena explicación

Hay que aprender a aprehender.

Todo va a salir bien...

En los últimos días se han producido una serie de circunstancias, desencadenates sería más acertado llamarlas, que me han trasladado por unos instantes a los recuerdos que tengo de mi infancia.

Todo empezó cuando, hará cuatro días compré cerezas en la tienda de fruta de mi barrio Lisboeta. En ese momento no caí pero, por la noche, al meter un puñado de ellas en un bol con agua me vino a la mente una imgen: la casa de mis abuelos paternos, en cuyo jardín había un cerezo inmenso,con un tronco que mis cortos brazos de niña no llegaban a abarcar. Un cerezo al que me subía verano tras verano, creyéndome una intrépida aventurera, para llenar cubos y cubos de cerezas maduras que después comíamos todos sentados en el porche. Un cerezo que, con las explicaciones de mi padre, me enseñó muchas cosas. Entre ellas, que la resina es la sangre de los árboles, que brota cuando algo les hiere para curar sus heridas. Y encadenando recuerdos me ví, diminuta, junto a aquel árbol centenario acariciando una breha cubierta por resina seca y consolando el dolor inánime de un cerezo que probablemente hoy siqiera me recuerde.

También recordé una tarde casera de fin de semana, cuando aún vivía en la otra casa, en medio del pueblo. Fuera llovía y en el salón se habían acabado los juegos a los que jugar con tres de mis compañeros de colegio. Mi madre, viendo nuestro aburrimiento, propuso ir al supermercado a comprar chocolate caliente y churros para merendar. Aquel chocolate me supo a "tengo la mejor madre del mundo".

Y, supongo que sería por aquellos años, los maravillosos domingos. En los que la rutina consistía en levantarse pronto para acompañar a mi padre al quiosco a comprar la prensa y "aquello que yo eligiese" de entre todas las cosas que aquella tienducha añeja y oscura albergaba. Cada semana un premio: un pin de cobi, cromos de alguna colección que no iba a completar nunca, cartas de olor, y por supuesto "El Pequeño País", con la 13 Rue del percebe que mi padre nos leía a mi y a mi hermana pequeña (más pediente de escaparse de la mirada de mi madre y subirse sola al tobogán) en "los columpios de la montaña", nombre con el que bautizamos familarmente a ese parque.

Supongo que esa fue mi primera edad, pero hasta hoy no había logrado recordarla con tanta nitidez. Algo de culpa deben tener los apuntes de Ética y Deontología, que tratan de explicarme ahora qué es la moral.

Por amor al arte

Un día preguntaste porque elegí perderte.
Hoy se que hay elecciones que te echan a perder.

Una explicación

Hay que aprender a leer al revés.

La Cuesta del Marinero


Aceleró el paso según se acercaba a la Cuesta del Marinero. Entre las gotas de lluvia que llenaban los cristales de sus gafas acertaba a ver en la oscuridad el cartel luminoso de la taberna Galo. Oyendo el retumbar de sus pasos sobre las calles mojadas y la respiración entrecortada de su propia prisa, entró en la taberna alzando la mano que sostenía el sobre. Eleodora, desde la mesa situada al final de la barra levantó la vista abanicando el aire con sus negras pestañas y murmuró sonriendo: te creía muerto.

Jimmy le sirvió un whisky mientras él se quitaba la gabardina mojada, y guardaba los guantes dentro del sombrero negro que había protegido del frío su blanda calva de soplón. Jimmy deslizó el vaso medio vacío en dirección a él y agarró con la misma mano el sobre, que apenas pudo levantar un palmo de la barra cuando Eleodora hincó sus rojas uñas de viuda sobre él.

-¿Así que me tienes toda la noche esperando por este sobre de mierda? Ethan, sabes perfectamente que no puedo permitir este tipo de chapuzas.- Sin dejar de mirar el contenido del sobre, levantó índice y corazón sosteniendo el cigarrillo. Agitó los tres al unísono y el zigzag del humo hizo levantarse a los dos gorilas que observaban la escena desde la penumbra del fondo del bar.

- Sé que te dije que te traería a William, pero no ha dejado rastro. No puedes hacerme esto. He trabajado para ti durante años y nunca he fallado, sólo por esta vez permíteme que haga cualquier otra cosa, dile a Ulises que volveré a la calle, pondré un oído en cada esquina y un ojo en cada bar de la ciudad, me enteraré de donde está William, lo juro. Esta vez no he tenido tiempo, pero de sobra sabes que soy el mejor a la hora de enterarme de las cosas, os traeré a William, y si se tercia su cabeza en una caja.- balbuceaba Ethan, en el rostro del cual se confundían las gotas de sudor y de lluvia.

Se abrió la puerta del lateral de la barra y de ella salió la voz penetrante de Ulises que pidió amablemente a Ethan que se callase de una jodida vez. Salió de su escondite y se acercó a la mujer por detrás, asiéndola por la cintura con brusquedad- Ni siquiera mereces el whisky que estás intentado tragar desde que has entrado por esa puerta-.

Eleodora que había cerrado los ojos a la altura de la nuez de Ulises y había entreabierto la boca para, de forma inconsciente, tratar de atrapar las palabras del brusco caballero, se dirigió de nuevo al tembloroso bufón que asía con desesperación el vaso y le agarró por las pelotas.

-Lárgate, y vuelve mañana con la cabeza de William o tus ojos y oídos terminarán, de verdad, en cada esquina de la ciudad.- le susurró mirándole fijamente, con una sonrisa vil entre los labios húmedos.

Ethan no quiso siquiera recuperar la gabardina y salió escopeteado del bar adentrándose de nuevo en la lluvia. No tenía más remedio que hacerse con el dichoso pasaporte si quería volver a verse reflejado en los ojos de Eleodora.

Ni las amenazas de Ulises, ni el miedo a ser mutilado por los gorilas hinchados eran motivos más poderosos que el volver a mirar a Eleodora a los ojos. Ella tenía el don de proyectar en su mirada aquello que todo hombre había soñado alguna vez hacer: saciar su lujuria bajo el cuerpo de esa mujer. Por eso Ethan temblaba al verla dirigir su mirada hacia él, y por eso tuvo que salir corriendo antes de que su excitación fuese demasiado patente. Podía soportar las amenazas de Ulises un millón de veces más, pero no podía vivir sin verse reflejado en Eleodora, por lo menos, una última vez.


Dentro del bar, Ulises echó un vistazo a los tres papelotes que hacía un rato había contenido el sobre marrón. Los gorilas se relajaron escuchando el piano sobre el escenario y Jimmy llevó la botella de brandy a la mesa de la pareja para calmar un poco los ánimos.

-La próxima vez procura intimidarlos un poco mejor, sabes perfectamente que yo también tengo que ver esas jodidas imágenes…- le escupió Eleodora a Ulises antes de dar un trago a su copa. –Si tengo que volver a ver a ese enano sudoroso gimiendo en mi nuca, voy a vomitar- dijo frunciendo el labio sobre el cristal de la copa.

-Para mañana a estas horas William estará muerto y todo gracias a ti, y al efecto que causas sobre el pobre Ethan.- Ulises alargó el brazo hacia Eleodora y tiró de su cintura hasta acercarla a él.
-Procura que no le ocurra lo mismo que a Johnny el Niño, y todo irá bien- dijo ella frente con frente mirándole fijamente a los ojos.

-¡Fuera todo el mundo! ¡¡El bar acaba de cerrar!!- gritó Ulises mientras el pianista interrumpía el último acorde del Nocturno nº2 de Chopin y pocos segundos después cerraba la puerta del local junto con los dos gorilas y Jimmy el camarero.

--------------

William había dejado la ciudad hacía dos días, en un mercante con destino a las antípodas. Ethan se rascaba con ansia nerviosa la clava mientras miraba con desesperación el registro del puerto. Iba a ser imposible encontrarle, y mucho menos llevarle frente a Ulises esa misma noche. Sólo tenía dos opciones, montar en otro barco de inmediato y desaparecer de allí con los ojos y los oídos aún en su sitio, o regresar al Galo y enfrentarse a la tortura. Ulises podría arrancarle los ojos, pero por lo menos volvería a verse desgarrando la camisa blanca de Eleonora para dejar su pecho al descubierto.

Obviamente esta última opción no le disgustaba, pero le privaba de poder disfrutar en un futuro de una visión semejante. Pensó que lo mejor sería mandar al Galo a Johnny el Niño, para que tantease el terreno antes de acudir él mismo con las malas noticias.

Localizó a Johnny en un bar del puerto no muy lejano, haciendo peligrar las existencias de vino de la tierra. Con cuatro botellas vacías sobre su mesa, la idea que Ethan le proponía de volver a pisar el local de Ulises le pareció igual de descabellada que si hubiese estado tan sobrio como la última vez que lo hizo. Ni por un millón volvía a acercarse a Ulises, por no mencionar a Eleodora.

-¿Tengo que enseñarte lo que hay debajo del parche para que entiendas porque no quiero volver?-masculló Johnny entre trago y trago de vino picado.

-Vamos Johnny, te pagaré el vino de todo el mes y hablaré con Margaret para que te deje probar a la mejor de sus fulanas -le rogó de nuevo Ethan, aún sin tono de desesperación.

-¡Ni por un ejército de Walkyrias hechas de puro ron vuelvo yo a la taberna Galo, Ethan!- y golpeó la mesa de madera sucia con la botella medio vacía. –Y no porque Ulises quiera sacarme el otro ojo, si no porque- y se giró hacia Ethan con la expresión secuestrada por el deseo- aún puedo verme en los ojos de Eleonora con éste- y señaló, sin soltar la botella, el ojo sano que le quedaba.

-Si hubieses sido un poco más cauto, y no te hubieses dejado llevar por lo que veías…aún hoy podrías disfrutar de esas miradas. Pero tuviste que abalanzarte sobre ella, y claro…Pasó lo que pasó. Estás hecho un salvaje Johnny el Niño, si yo fuese Ulises ¡te hubiese cortado también la lengua!- gruñó rabioso Ethan. Se levantó del taburete y cruzó el tugurio mascullando insultos a Johnny, a William y sobretodo a sí mismo, por querer volver al Galo y no ser capaz de subir a un barco y no mirar atrás.

-----------

Al otro lado de la ciudad Eleonora miraba al vacío y dejaba escapar el humo de entre sus labios untados en carmín rojo mientras pensaba en William. En dónde debía estar en ese preciso instante, en las ganas que tenía de verle exhalar su último aliento, en cómo disfrutaría cortándole la lengua, y las manos para que no pudiese escribir y de ese modo no pudiese contar el secreto que Eleonora le había confesado tiempo atrás, cuando en lugar de enemigos eran amantes.

Ese tiempo en que Ulises, había quedado relegado al papel de perro guardián que cuidaba de ella frente a los peligros de la noche en la ciudad. Pero ella vivía sus fantasías junto a William al otro lado del río, y permitía que Ulises la protegiese del mal, y disfrutaba del bien junto a ese al que ahora temía más que a todas las armas del mundo. Mientras William siguiese con vida, Eleonora no estaría a salvo. Por eso necesitaba verle caer, y recuperar su talón de Aquiles cuanto antes para volver a encerrarlo bajo llave.

Ulises, ajeno a los pensamientos de Eleonora, sorbía un café con hielo mientras charlaba con Jimmy en la barra del Galo. No había siquiera sospechado que una noche hacía un par de meses, su apasionada Eleonora había sucumbido a sus propias visiones.

La noche en cuestión ocurrió tras la incursión de la policía en uno de los asuntos de Eleonora. Ésta, decidió un par de días después de la incautación, acercarse al puerto para investigar y descubrir quien había dado el chivatazo. Mientras transcurría la noche de averiguaciones se cruzó con William en el almacén de su propiedad. Se acercó a él y le interrogó, haciendo uso de ese don de que disponía sin haberse planteado de antemano que alguna vez ella desearía tanto lo que veía como el que estuviese frente a sus ojos. Y así ocurrió, tras dos escenas desenfocadas, un escalofrío recorrió la espalda de la mujer al adivinarse cabalgando estrepitosa sobre el recio cuerpo de aquel marinero de ojos azules.

En alguna de esas noches secretas, entre sollozos le había contado a William su mayor debilidad, incapaz de negarle nada que él le pidiese instantes antes de abrazar el placer desmedido. Por ello, cuando William desapareció hacía un par de días Eleonora sólo podía esperar lo peor. El fin de una década de perfeccionamiento de su virtud, que le permitía un control casi absoluto del mundo que la rodeaba.

Optó por la solución más fácil, decirle a Ulises que William había sido el topo de la policía y que por eso había huido precipitadamente. Cosa que Ulises creyó sin más reparos pues no encontró mejor explicación a la desaparición repentina del muchacho.
Fue entonces cuando recurrieron a Ethan, y éste a Johnny el Niño, pero no hubo forma de localizar al marinero, que haciendo honor a su profesión se había embarcado para no volver.

Ethan no tuvo más remedio -en realidad sí, pero no quería aceptarlo- que volver al Galo a poner las cartas sobre la mesa. Entró cabizbajo y tembloroso, esperando encontrar a Eleodora junto a la barra. Cual fue su sorpresa, cuando se dio de bruces con Ulises que hacía rato lo esperaba frente a la puerta.

-¿Dime que no has venido con las manos vacías?-dijo en tono amenazante.- Más te vale haberte cargado al chivato y haberlo enterrado por ahí. Porque si no es así, y te has presentado en casa de Eleonora sin nada que ofrecerle, vas a arrepentirte durante mucho mucho tiempo- dijo con voz grave mientras se acercaba a Ethan que cada vez se sentía más diminuto.
-¿no…n…no…está Eleodora?- alcanzó a pronunciar con dificultad. –No para ti-respondió tajante Ulises. Ethan levantó la cabeza tratando de buscar con la mirada a Eleodora por el bar, pero la penumbra y la gran figura de Ulises frente a él le impedían ver con claridad más allá de un par de metros.

-William a desaparecido Ulises-dijo nerviosos Ethan, volviendo a mirar al suelo.-no sé donde se dirige su barco ni si piensa volver…-continuó casi sollozando.
–En ese caso no tengo más remedio que pagarte por tus servicios- dijo Ulises mientras acariciaba la sudorosa calva del soplón y asía con la otra mano su navaja en el bolsillo de la chaqueta.

A Ethan no le dio tiempo ni a pedir clemencia cuando la hoja de la navaja cercenó su ojo izquierdo como si de Un perro andaluz se tratase. Y, más perro que nunca, Ethan se agarró la cara entre alaridos de dolor y salió por la misma puerta que pocos minutos antes le había visto entrar.

-Ya lo ves Eleodora, va a ser imposible encontrar a ese chivato de tres al cuarto- dijo Ulises mientras limpiaba su navaja con un paño que Jimmy muy amablemente le había cedido.
-En ese caso, mucho me temo que tu también has dejado de servirme- Eleodora surgió de entre las sombras del bar con un revólver en la mano apuntando a Ulises. Jimmy siguió lavando vasos con total naturalidad, y el pianista no dejó de presionar ni una sola tecla mientras Ulises, con la voz teñida de desamparo le decía a Eleodora: - Mátame si quieres, pero deja de mirarme, por favor-.

De nada

"Voy a ponertelo fácil: No te extraño. Nunca lo he hecho, aunque te haya podido decir lo contrario, mentía. No he pasado ni una sola noche en vela sopesando mis decisiones. Mi círculo actual siquiera conoce de tu existencia, te obvié de mis recuerdos al explicar quien soy ahora, por que jamás has formado parte de mi. Tampoco he llegado a plantearme cómo sería tenerte ahora a mi lado, ni si me convertiste en una persona mejor. No me preocupa lo que sientas, pienses o vivas, ni lo más mínimo. No te pienso cuando sueño, ni cuando estoy despierta. No te siento al hablar, ni te imagino en la distancia.
Nunca te he querido.
Si necesitas más facilidades, no tienes más que pedirlas, o simplemente ignorarlas."

Ahora sí puedes llorar. De alivio, claro....

No te entretengas en tonterías, que las hay.

Aún recuerdo cuando la mayor preocupación que me turbaba era tener que ver los interminables anuncios en mitad de la escena final de una película romántica.

Esa incertidumbre de no saber si tras la despedida de los protagonistas alguno se iba a girar para ver al otro alejarse. Siempre he creido que si eso no ocurre toda la la película no vale la pena: el amor es fingido (dentro de lo que cabe esperar).

A día de hoy, yo sólo me he girado una vez tras una despedida. Y, como cuando irrumpían los anuncios, la incertidumbre de saber si se giró; me turba más que nunca.

Pero Coca-cola me dice: estás aquí para ser feliz.

Las edades de María (3ª Edad)

El azucarillo en el café de las siete me hace responsable del día. Ya no miro a los chicos con carpeta, sino a los hombres de traje. Será que me hago mayor, o que el mundo rejuvenece sin contar conmigo.

He aprendido a madrugar; pero aún no se acostarme pronto... ni dormir sola.

¿Qué deparará la 4ª?

Vívelo...


...y si no puedes; escribe sobre ello.
-Siempre será mucho mejor.-


"(...) donde yo antes vivía y ahora sólo ocupo (...)"

Girls just wanna have guns...

Aterricé en tu cielo
empapelada en vicios.
Y carcajadas enmarcadas
en carmín color pulpa.

Te acercaste a mi tierra
con los pies descalzos
y la intención de deshojarme,
como a tantas margaritas.

Y tras la insistencia
de tus fugaces manos,
mi mundo te dio una respuesta:
No me quiere.

Viajes a ninguna parte

Cuando voy en el metro, miro a los hombres y me imagino cómo sería tener una relación con cada uno de ellos. Los examino con detenimiento y tengo fantasías de vida cotidiana con ellos.
Pero al final, ninguno me convence.

Síntesis

Con dos palabras te hago un mundo, con tu silencio el abismo.

Dijo que se terminó y nunca volvió a llamar, a casa.

No me gusta hacerme promesas a mi misma, por que siempre acabo decepcionándome.

Crees que estás cambiando, y lo único que ocurre es que estás conciéndote mejor.

Hoy va a haber tormenta, pero eso el mundo aún no lo sabe.

- Siento llegar tarde. ?Llevas mucho tiempo esperándome? - Toda la vida.

Me besó, y no hice nada para impedirlo.

Todo se resume; a medida que pasa el tiempo.

El paseo de la vegüenza

Hay cosas que se piensan y nunca deberían decirse.
Después de una hora de vagar por la ciudad inmersa en la conversación que acababa de mantener llegó a esa conclusión. No sin antes haberse gastado el último euro que le quedaba en el café aguado del bar de debajo de casa de Pedro.
No quería volver a casa aún y alargó el paseo de la vegüenza pasando de largo la parada de metro. Pretendía llegar andando a la otra punta de la ciudad.
Tenía los pies destrozados por los tacones, una mirada interrogante asomando sobre las ojeras y el móvil sin batería; per aunque hubiese estado cargado no sonaría.

Recordó el vestido rojo y se preguntó dónde habría terminado. Seguramente en alguna de las cajas que tenía repartidas por todo el país, junto con los zapatos de bailar y los primeros apuntes de la facultad de Medicina.

Tenía ganas de llorar, pero no consiguió hacerlo. Se tragó el llanto en un suspiro atado al humo de un cigarrillo light.

Nunca llegó a casa, pero es tampoco es importante. No había nadie esperándola. La última vez que la vieron subía a la tercera planta del Corte Inglés, con una sonrisa sumisa y la certeza de que nunca iba a encontrar lo que había salido a buscar todas las noches desde que llegó en barco aquella tarde de Abril.

Cronología

Me dieron las herramientas para construir una vida.
Y moriré sin haber encontrado el manual de instrucciones.

Las pocas cosas que sé

Sé que no me cuidaréis si enfermo.
Que no lloraréis por mí.
Que no me abrazaréis en las noches frías.
ni pensaréis en mí al despertar.

Sé que no queréis saber qué me ocurre.
Que no me animaréis cuando esté triste.
Que no me salvaréis de los problemas,
ni me preguntaréis cómo me encuentro.

Sé que no soy vuestro problema.
Que no correréis en mi busca.
Que no perderéis ni un asalto,
ni querréis que os consuele.

Sé que no ocuparé vuestros días.
Que no congelaréis los instantes.
Que no me pediréis explicaciones,
ni sueños, ni canciones, ni futuros.

un placer hacer negocios contigo

Hola desconocido.

Hueles a pan caliente de domingo por la tarde. Tengo la razón vencida y las llaves de mi casa agitándose en el bolso.
Te cambio una noche entera por treinta caricias y un nombre de pila.



Acepto la contraoferta, una inicial y tres orgasmos.
Trato justo.

¿Cuánto tiempo ha pasado?

¿Cuánto tiempo ha pasado desde
que aprendí a mirar al sol sin ensuciarme?

¿Y permití que las banderas ondeasen moribundas
en un cielo de piedras calizas?

Con permiso de las sombras
perderé esta noche la cabeza
y retomaré la vida mañana,
con la memoria cansada de olvidar.

Devuelto al remitente

De un tiempo a esta parte,
reparto caricias
por códigos postales.

De un tiempo a esta parte,
me prohibí asomarme al buzón
de mis recuerdos.

Desafiando al oleaje

Y qué puedo hacer yo
si sólo uso las agallas, como
los peces,
para respirar.

No me levantes la voz

Pídeme paz y te haré la guerra.
Pídeme espacio y te haré un cajón.
Pídeme límites y te haré galaxias.
Pídeme tiempo y te haré un reloj

Pídelo a golpes...
y me llevaré el tambor.

Crimen y Castigo


Crimen


Parada en medio de la ciudad,
con un suspiro en cada mano,
y un esclavo en la mirada.
Con la sonrisa adherida al cielo
y la cabeza al pecado.

Parada en medio de la ciudad,
parada en medio de en medio.
En plena mitad del esplendor más absoluto
la miraban.

***


Castigo

Parada en medio de la verdad,
con un vacío en cada mano,
y un verdugo en la mirada.
Con el presente adherido al suelo
y la memoria al pasado.

Parada en medio de la ciudad,
parada en medio de en medio.
En plena mitad del vacío más absoluto
la juzgaban.

De la risa...

...cabalgando en tu garganta.