El paseo de la vegüenza

Hay cosas que se piensan y nunca deberían decirse.
Después de una hora de vagar por la ciudad inmersa en la conversación que acababa de mantener llegó a esa conclusión. No sin antes haberse gastado el último euro que le quedaba en el café aguado del bar de debajo de casa de Pedro.
No quería volver a casa aún y alargó el paseo de la vegüenza pasando de largo la parada de metro. Pretendía llegar andando a la otra punta de la ciudad.
Tenía los pies destrozados por los tacones, una mirada interrogante asomando sobre las ojeras y el móvil sin batería; per aunque hubiese estado cargado no sonaría.

Recordó el vestido rojo y se preguntó dónde habría terminado. Seguramente en alguna de las cajas que tenía repartidas por todo el país, junto con los zapatos de bailar y los primeros apuntes de la facultad de Medicina.

Tenía ganas de llorar, pero no consiguió hacerlo. Se tragó el llanto en un suspiro atado al humo de un cigarrillo light.

Nunca llegó a casa, pero es tampoco es importante. No había nadie esperándola. La última vez que la vieron subía a la tercera planta del Corte Inglés, con una sonrisa sumisa y la certeza de que nunca iba a encontrar lo que había salido a buscar todas las noches desde que llegó en barco aquella tarde de Abril.

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