Un día preguntaste porque elegí perderte.
Hoy se que hay elecciones que te echan a perder.
"Todas las piedras que he esculpido en mi mente, al caer, han hecho brotar sangre de mi cuerpo." Isabel y las aguas del diablo. Mircea Eliade.
La Cuesta del Marinero
Aceleró el paso según se acercaba a la Cuesta del Marinero. Entre las gotas de lluvia que llenaban los cristales de sus gafas acertaba a ver en la oscuridad el cartel luminoso de la taberna Galo. Oyendo el retumbar de sus pasos sobre las calles mojadas y la respiración entrecortada de su propia prisa, entró en la taberna alzando la mano que sostenía el sobre. Eleodora, desde la mesa situada al final de la barra levantó la vista abanicando el aire con sus negras pestañas y murmuró sonriendo: te creía muerto.
Jimmy le sirvió un whisky mientras él se quitaba la gabardina mojada, y guardaba los guantes dentro del sombrero negro que había protegido del frío su blanda calva de soplón. Jimmy deslizó el vaso medio vacío en dirección a él y agarró con la misma mano el sobre, que apenas pudo levantar un palmo de la barra cuando Eleodora hincó sus rojas uñas de viuda sobre él.
-¿Así que me tienes toda la noche esperando por este sobre de mierda? Ethan, sabes perfectamente que no puedo permitir este tipo de chapuzas.- Sin dejar de mirar el contenido del sobre, levantó índice y corazón sosteniendo el cigarrillo. Agitó los tres al unísono y el zigzag del humo hizo levantarse a los dos gorilas que observaban la escena desde la penumbra del fondo del bar.
- Sé que te dije que te traería a William, pero no ha dejado rastro. No puedes hacerme esto. He trabajado para ti durante años y nunca he fallado, sólo por esta vez permíteme que haga cualquier otra cosa, dile a Ulises que volveré a la calle, pondré un oído en cada esquina y un ojo en cada bar de la ciudad, me enteraré de donde está William, lo juro. Esta vez no he tenido tiempo, pero de sobra sabes que soy el mejor a la hora de enterarme de las cosas, os traeré a William, y si se tercia su cabeza en una caja.- balbuceaba Ethan, en el rostro del cual se confundían las gotas de sudor y de lluvia.
Se abrió la puerta del lateral de la barra y de ella salió la voz penetrante de Ulises que pidió amablemente a Ethan que se callase de una jodida vez. Salió de su escondite y se acercó a la mujer por detrás, asiéndola por la cintura con brusquedad- Ni siquiera mereces el whisky que estás intentado tragar desde que has entrado por esa puerta-.
Eleodora que había cerrado los ojos a la altura de la nuez de Ulises y había entreabierto la boca para, de forma inconsciente, tratar de atrapar las palabras del brusco caballero, se dirigió de nuevo al tembloroso bufón que asía con desesperación el vaso y le agarró por las pelotas.
-Lárgate, y vuelve mañana con la cabeza de William o tus ojos y oídos terminarán, de verdad, en cada esquina de la ciudad.- le susurró mirándole fijamente, con una sonrisa vil entre los labios húmedos.
Ethan no quiso siquiera recuperar la gabardina y salió escopeteado del bar adentrándose de nuevo en la lluvia. No tenía más remedio que hacerse con el dichoso pasaporte si quería volver a verse reflejado en los ojos de Eleodora.
Ni las amenazas de Ulises, ni el miedo a ser mutilado por los gorilas hinchados eran motivos más poderosos que el volver a mirar a Eleodora a los ojos. Ella tenía el don de proyectar en su mirada aquello que todo hombre había soñado alguna vez hacer: saciar su lujuria bajo el cuerpo de esa mujer. Por eso Ethan temblaba al verla dirigir su mirada hacia él, y por eso tuvo que salir corriendo antes de que su excitación fuese demasiado patente. Podía soportar las amenazas de Ulises un millón de veces más, pero no podía vivir sin verse reflejado en Eleodora, por lo menos, una última vez.
Dentro del bar, Ulises echó un vistazo a los tres papelotes que hacía un rato había contenido el sobre marrón. Los gorilas se relajaron escuchando el piano sobre el escenario y Jimmy llevó la botella de brandy a la mesa de la pareja para calmar un poco los ánimos.
-La próxima vez procura intimidarlos un poco mejor, sabes perfectamente que yo también tengo que ver esas jodidas imágenes…- le escupió Eleodora a Ulises antes de dar un trago a su copa. –Si tengo que volver a ver a ese enano sudoroso gimiendo en mi nuca, voy a vomitar- dijo frunciendo el labio sobre el cristal de la copa.
-Para mañana a estas horas William estará muerto y todo gracias a ti, y al efecto que causas sobre el pobre Ethan.- Ulises alargó el brazo hacia Eleodora y tiró de su cintura hasta acercarla a él.
-Procura que no le ocurra lo mismo que a Johnny el Niño, y todo irá bien- dijo ella frente con frente mirándole fijamente a los ojos.
-¡Fuera todo el mundo! ¡¡El bar acaba de cerrar!!- gritó Ulises mientras el pianista interrumpía el último acorde del Nocturno nº2 de Chopin y pocos segundos después cerraba la puerta del local junto con los dos gorilas y Jimmy el camarero.
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William había dejado la ciudad hacía dos días, en un mercante con destino a las antípodas. Ethan se rascaba con ansia nerviosa la clava mientras miraba con desesperación el registro del puerto. Iba a ser imposible encontrarle, y mucho menos llevarle frente a Ulises esa misma noche. Sólo tenía dos opciones, montar en otro barco de inmediato y desaparecer de allí con los ojos y los oídos aún en su sitio, o regresar al Galo y enfrentarse a la tortura. Ulises podría arrancarle los ojos, pero por lo menos volvería a verse desgarrando la camisa blanca de Eleonora para dejar su pecho al descubierto.
Obviamente esta última opción no le disgustaba, pero le privaba de poder disfrutar en un futuro de una visión semejante. Pensó que lo mejor sería mandar al Galo a Johnny el Niño, para que tantease el terreno antes de acudir él mismo con las malas noticias.
Localizó a Johnny en un bar del puerto no muy lejano, haciendo peligrar las existencias de vino de la tierra. Con cuatro botellas vacías sobre su mesa, la idea que Ethan le proponía de volver a pisar el local de Ulises le pareció igual de descabellada que si hubiese estado tan sobrio como la última vez que lo hizo. Ni por un millón volvía a acercarse a Ulises, por no mencionar a Eleodora.
-¿Tengo que enseñarte lo que hay debajo del parche para que entiendas porque no quiero volver?-masculló Johnny entre trago y trago de vino picado.
-Vamos Johnny, te pagaré el vino de todo el mes y hablaré con Margaret para que te deje probar a la mejor de sus fulanas -le rogó de nuevo Ethan, aún sin tono de desesperación.
-¡Ni por un ejército de Walkyrias hechas de puro ron vuelvo yo a la taberna Galo, Ethan!- y golpeó la mesa de madera sucia con la botella medio vacía. –Y no porque Ulises quiera sacarme el otro ojo, si no porque- y se giró hacia Ethan con la expresión secuestrada por el deseo- aún puedo verme en los ojos de Eleonora con éste- y señaló, sin soltar la botella, el ojo sano que le quedaba.
-Si hubieses sido un poco más cauto, y no te hubieses dejado llevar por lo que veías…aún hoy podrías disfrutar de esas miradas. Pero tuviste que abalanzarte sobre ella, y claro…Pasó lo que pasó. Estás hecho un salvaje Johnny el Niño, si yo fuese Ulises ¡te hubiese cortado también la lengua!- gruñó rabioso Ethan. Se levantó del taburete y cruzó el tugurio mascullando insultos a Johnny, a William y sobretodo a sí mismo, por querer volver al Galo y no ser capaz de subir a un barco y no mirar atrás.
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Al otro lado de la ciudad Eleonora miraba al vacío y dejaba escapar el humo de entre sus labios untados en carmín rojo mientras pensaba en William. En dónde debía estar en ese preciso instante, en las ganas que tenía de verle exhalar su último aliento, en cómo disfrutaría cortándole la lengua, y las manos para que no pudiese escribir y de ese modo no pudiese contar el secreto que Eleonora le había confesado tiempo atrás, cuando en lugar de enemigos eran amantes.
Ese tiempo en que Ulises, había quedado relegado al papel de perro guardián que cuidaba de ella frente a los peligros de la noche en la ciudad. Pero ella vivía sus fantasías junto a William al otro lado del río, y permitía que Ulises la protegiese del mal, y disfrutaba del bien junto a ese al que ahora temía más que a todas las armas del mundo. Mientras William siguiese con vida, Eleonora no estaría a salvo. Por eso necesitaba verle caer, y recuperar su talón de Aquiles cuanto antes para volver a encerrarlo bajo llave.
Ulises, ajeno a los pensamientos de Eleonora, sorbía un café con hielo mientras charlaba con Jimmy en la barra del Galo. No había siquiera sospechado que una noche hacía un par de meses, su apasionada Eleonora había sucumbido a sus propias visiones.
La noche en cuestión ocurrió tras la incursión de la policía en uno de los asuntos de Eleonora. Ésta, decidió un par de días después de la incautación, acercarse al puerto para investigar y descubrir quien había dado el chivatazo. Mientras transcurría la noche de averiguaciones se cruzó con William en el almacén de su propiedad. Se acercó a él y le interrogó, haciendo uso de ese don de que disponía sin haberse planteado de antemano que alguna vez ella desearía tanto lo que veía como el que estuviese frente a sus ojos. Y así ocurrió, tras dos escenas desenfocadas, un escalofrío recorrió la espalda de la mujer al adivinarse cabalgando estrepitosa sobre el recio cuerpo de aquel marinero de ojos azules.
En alguna de esas noches secretas, entre sollozos le había contado a William su mayor debilidad, incapaz de negarle nada que él le pidiese instantes antes de abrazar el placer desmedido. Por ello, cuando William desapareció hacía un par de días Eleonora sólo podía esperar lo peor. El fin de una década de perfeccionamiento de su virtud, que le permitía un control casi absoluto del mundo que la rodeaba.
Optó por la solución más fácil, decirle a Ulises que William había sido el topo de la policía y que por eso había huido precipitadamente. Cosa que Ulises creyó sin más reparos pues no encontró mejor explicación a la desaparición repentina del muchacho.
Fue entonces cuando recurrieron a Ethan, y éste a Johnny el Niño, pero no hubo forma de localizar al marinero, que haciendo honor a su profesión se había embarcado para no volver.
Ethan no tuvo más remedio -en realidad sí, pero no quería aceptarlo- que volver al Galo a poner las cartas sobre la mesa. Entró cabizbajo y tembloroso, esperando encontrar a Eleodora junto a la barra. Cual fue su sorpresa, cuando se dio de bruces con Ulises que hacía rato lo esperaba frente a la puerta.
-¿Dime que no has venido con las manos vacías?-dijo en tono amenazante.- Más te vale haberte cargado al chivato y haberlo enterrado por ahí. Porque si no es así, y te has presentado en casa de Eleonora sin nada que ofrecerle, vas a arrepentirte durante mucho mucho tiempo- dijo con voz grave mientras se acercaba a Ethan que cada vez se sentía más diminuto.
-¿no…n…no…está Eleodora?- alcanzó a pronunciar con dificultad. –No para ti-respondió tajante Ulises. Ethan levantó la cabeza tratando de buscar con la mirada a Eleodora por el bar, pero la penumbra y la gran figura de Ulises frente a él le impedían ver con claridad más allá de un par de metros.
-William a desaparecido Ulises-dijo nerviosos Ethan, volviendo a mirar al suelo.-no sé donde se dirige su barco ni si piensa volver…-continuó casi sollozando.
–En ese caso no tengo más remedio que pagarte por tus servicios- dijo Ulises mientras acariciaba la sudorosa calva del soplón y asía con la otra mano su navaja en el bolsillo de la chaqueta.
A Ethan no le dio tiempo ni a pedir clemencia cuando la hoja de la navaja cercenó su ojo izquierdo como si de Un perro andaluz se tratase. Y, más perro que nunca, Ethan se agarró la cara entre alaridos de dolor y salió por la misma puerta que pocos minutos antes le había visto entrar.
-Ya lo ves Eleodora, va a ser imposible encontrar a ese chivato de tres al cuarto- dijo Ulises mientras limpiaba su navaja con un paño que Jimmy muy amablemente le había cedido.
-En ese caso, mucho me temo que tu también has dejado de servirme- Eleodora surgió de entre las sombras del bar con un revólver en la mano apuntando a Ulises. Jimmy siguió lavando vasos con total naturalidad, y el pianista no dejó de presionar ni una sola tecla mientras Ulises, con la voz teñida de desamparo le decía a Eleodora: - Mátame si quieres, pero deja de mirarme, por favor-.
De nada
"Voy a ponertelo fácil: No te extraño. Nunca lo he hecho, aunque te haya podido decir lo contrario, mentía. No he pasado ni una sola noche en vela sopesando mis decisiones. Mi círculo actual siquiera conoce de tu existencia, te obvié de mis recuerdos al explicar quien soy ahora, por que jamás has formado parte de mi. Tampoco he llegado a plantearme cómo sería tenerte ahora a mi lado, ni si me convertiste en una persona mejor. No me preocupa lo que sientas, pienses o vivas, ni lo más mínimo. No te pienso cuando sueño, ni cuando estoy despierta. No te siento al hablar, ni te imagino en la distancia.
Nunca te he querido.
Si necesitas más facilidades, no tienes más que pedirlas, o simplemente ignorarlas."
Ahora sí puedes llorar. De alivio, claro....
Nunca te he querido.
Si necesitas más facilidades, no tienes más que pedirlas, o simplemente ignorarlas."
Ahora sí puedes llorar. De alivio, claro....
No te entretengas en tonterías, que las hay.
Aún recuerdo cuando la mayor preocupación que me turbaba era tener que ver los interminables anuncios en mitad de la escena final de una película romántica.
Esa incertidumbre de no saber si tras la despedida de los protagonistas alguno se iba a girar para ver al otro alejarse. Siempre he creido que si eso no ocurre toda la la película no vale la pena: el amor es fingido (dentro de lo que cabe esperar).
A día de hoy, yo sólo me he girado una vez tras una despedida. Y, como cuando irrumpían los anuncios, la incertidumbre de saber si se giró; me turba más que nunca.
Pero Coca-cola me dice: estás aquí para ser feliz.
Esa incertidumbre de no saber si tras la despedida de los protagonistas alguno se iba a girar para ver al otro alejarse. Siempre he creido que si eso no ocurre toda la la película no vale la pena: el amor es fingido (dentro de lo que cabe esperar).
A día de hoy, yo sólo me he girado una vez tras una despedida. Y, como cuando irrumpían los anuncios, la incertidumbre de saber si se giró; me turba más que nunca.
Pero Coca-cola me dice: estás aquí para ser feliz.
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