Todo va a salir bien...

En los últimos días se han producido una serie de circunstancias, desencadenates sería más acertado llamarlas, que me han trasladado por unos instantes a los recuerdos que tengo de mi infancia.

Todo empezó cuando, hará cuatro días compré cerezas en la tienda de fruta de mi barrio Lisboeta. En ese momento no caí pero, por la noche, al meter un puñado de ellas en un bol con agua me vino a la mente una imgen: la casa de mis abuelos paternos, en cuyo jardín había un cerezo inmenso,con un tronco que mis cortos brazos de niña no llegaban a abarcar. Un cerezo al que me subía verano tras verano, creyéndome una intrépida aventurera, para llenar cubos y cubos de cerezas maduras que después comíamos todos sentados en el porche. Un cerezo que, con las explicaciones de mi padre, me enseñó muchas cosas. Entre ellas, que la resina es la sangre de los árboles, que brota cuando algo les hiere para curar sus heridas. Y encadenando recuerdos me ví, diminuta, junto a aquel árbol centenario acariciando una breha cubierta por resina seca y consolando el dolor inánime de un cerezo que probablemente hoy siqiera me recuerde.

También recordé una tarde casera de fin de semana, cuando aún vivía en la otra casa, en medio del pueblo. Fuera llovía y en el salón se habían acabado los juegos a los que jugar con tres de mis compañeros de colegio. Mi madre, viendo nuestro aburrimiento, propuso ir al supermercado a comprar chocolate caliente y churros para merendar. Aquel chocolate me supo a "tengo la mejor madre del mundo".

Y, supongo que sería por aquellos años, los maravillosos domingos. En los que la rutina consistía en levantarse pronto para acompañar a mi padre al quiosco a comprar la prensa y "aquello que yo eligiese" de entre todas las cosas que aquella tienducha añeja y oscura albergaba. Cada semana un premio: un pin de cobi, cromos de alguna colección que no iba a completar nunca, cartas de olor, y por supuesto "El Pequeño País", con la 13 Rue del percebe que mi padre nos leía a mi y a mi hermana pequeña (más pediente de escaparse de la mirada de mi madre y subirse sola al tobogán) en "los columpios de la montaña", nombre con el que bautizamos familarmente a ese parque.

Supongo que esa fue mi primera edad, pero hasta hoy no había logrado recordarla con tanta nitidez. Algo de culpa deben tener los apuntes de Ética y Deontología, que tratan de explicarme ahora qué es la moral.

1 comentario:

Lucía Pita dijo...

Puede que sea el fin de un ciclo?
O al menos, eso es lo que a mí me está pasando últimamente. Me vienen a la mente un montón de, como dices tú, imágenes y sensaciones nítidas de la infancia, que había olvidado por completo.

Un biquiño.