Hubo un tiempo en que el verso
era fluido entre mis letras.
Amable y seductor, las sentí eternas.
Capaz de arrancar a andar con cualquier
risa.
Trotando alegre, halagado y sin prisa.
Cuando el tambor del pecho era profano,
y mis pancartas las frases de algún
extraño.
Parece ayer cuando la vida aún era
la plaza donde te encontré esa
primavera.
Fue por entonces cuando me rindieron
cuentas
los reyes de los fuertes y alguna
estrella.
Abatir los días era un insulto, que
jóvenes y viejos,
y algún difunto, proclamaban al
tiempo, ya voz en grito:
“Tenéis que alzar la vista, volar
más alto”
y el cielo, de repente, eran tus manos.
Ya no quiero saber hasta qué punto
puede llevarme, atada, este presunto
caballo de batalla que aún hoy
cabalgo.
Cuando llegué al final, pasé de
largo.
Y ahora que he alcanzado el vuelo
que otros miran. No puedo ver la luz,
ni el brillo azul de nubes y avenidas.
Jóvenes y viejos, y algún difunto
alzan la vista al cielo y me preguntan
si de verdad he olvidado que tú me
miras.